El origen del topo – Cuento folclórico ucraniano

Hubo una vez un hombre rico y un hombre pobre que compartían un campo, y lo sembraron con la misma semilla al mismo tiempo.

Pero Dios hizo prosperar el trabajo del pobre, cuya semilla creció, mas sin embargo la del hombre rico no prosperó.


Entonces el rico reclamó la parte del campo en donde el grano se había dado bien, y le dijo al pobre, “¡Velo bien, mi semilla es la que ha prosperado bien, y no la tuya!”.

El pobre protestó, pues sabía que esa parte del campo la había sembrado él, pero el rico no escuchaba, y le respondió, “Si no quieres creerme, pobre hombre, ven al campo muy temprano mañana, antes del amanecer, y Dios juzgará entre nosotros dos.”

Entonces el hombre pobre se fue a casa. Pero el rico quedó en el campo, cavando una profunda zanja en la parte del pobre en el campo, puso a su hijo dentro, y le dijo, “Mira ahora, hijo mio; cuando vengamos aquí mañana muy temprano y yo pregunte de quién es este campo, tú di que no es la parte del hombre pobre, sino que es la parte del hombre rico.”


Entonces el rico cubrió bien a su hijo con heno, y regresó a su casa.

En la mañana, toda la gente se arregló y fue al campo junto con los dos hombres; el hombre rico exclamó, “¡Habla, Oh Dios!, ¿De quién es esta parte del campo, del hombre pobre o del hombre rico?”

-“Es del hombre rico, es del hombre rico”, sonó una voz de debajo de la tierra, enmedio del campo.

Pero Dios mismo estaba dentro de la multitud reunida allí, y aclaró, “No escuchéis a esa voz, pues esta parte del campo es totalmente del hombre pobre.”

Entonces el Señor le explicó a toda la gente cómo había sido la cosa, y Él le ordenó al hijo del hombre rico, “Quédate donde estás, y siéntate bajo la tierra todos los días, tanto mientras el sol esté en el cielo.”

Y entonces el hijo del rico se convirtió al instante en un topo, y por eso es que el topo siempre huye de la luz del sol.

“El pez en el árbol y la liebre en la red” o “La señora que no podía quedarse callada” – Cuento folclórico ucraniano

Una vez había un anciano que vivía con su esposa en una pequeña aldea. Hubieran sido felices si la señora hubiese tenido el sentido de controlar su lengua. Todo lo que sucedía dentro de su casa, o un pellizco de noticias que trajera el esposo desde algún lugar, era contado de un solo a casi toda la aldea, y esta información era repetida una y otra vez, alterándose en el transcurso hasta que, a menudo, la espalda del anciano era la que pagaba por las trastadas que ni siquiera había hecho.

Un día iba él por el bosque. Cuando llegó a la orilla, se salió de su carreta y caminó a la par. Repentinamente pisó un punto blando en el suelo, y su pie se hundió en la tierra.

“¿Qué podrá ser ésto?”, pensó. “Cavaré un poco para ver.”

Entonces cavó y cavó, y al final llegó hasta una olla repleta de oro y plata.

“Oh, ¡Qué suerte! Ahora, si sólo supiera cómo pudiera llevarme este tesoro a casa conmigo – pero no puedo esperar ocultarlo de mi mujer, y una vez que ella lo sepa, le dirá a todo el mundo, y me meterá en problemas”.

Se sentó y pensó y pensó sobre esa materia durante largo tiempo, hasta que logró idear un plan. Cubrió el tesoro con tierra y ramitas, y se dirigió al pueblo, en donde compró un lucio vivo, y también una liebre con vida, en el mercado.

Entonces regresó al bosque y colgó el lucio de la punta de un árbol muy alto, mientras la liebre la ató a una red de pescar que fijó a la orilla de un pequeño arroyo, sin ponerse a pensar qué tan incómodo podría ser para la liebre el estar allí, en ese lugar tan húmedo.

Luego se subió a su carreta y regresó, feliz, a su casa.

“¡Mujer!”, gritó al momento de entrar a la casa. “Ni te imaginas la gran suerte que se nos ha atravesado en el camino”.

“¿Qué, qué, querido esposo? Dímelo todo de una vez”.

“No, no, pues irás directo a contarle a todo el mundo”.

“¡No, no lo haré! ¡Cómo puedes pensar semejante cosa! ¡Qué vergüenza! Si lo prefieres, juro nunca …”.

“¡Oh, bien!. Si me lo dices en serio, entonces escucha.”

Y le susurró al oído: “He hallado una olla llena de oro y plata en el bosque!, ¡Hush! -“.

“¿Y porqué no lo has traído?”.

“Porque iremos juntos y lo traeremos con cuidado con nosotros.”

Entonces ambos, el hombre y su esposa, viajaron juntos al bosque.

Mientras conducían, de camino al bosque, el hombre le dijo a su mujer:

“¡Qué cosas más extrañas las que se escuchan hoy en día, mujer! Alguien me contó el otro día que ahora los peces viven en los árboles, y pululan por su comida, y que algunos animales silvestres, que solían vivir en tierra, pasan su tiempo dentro del agua. ¡Bien, bien, bien! Ciertamente están cambiando los tiempos.”.

“¡Qué, debes estar loco, hombre! Querido, querido, que insensateces dice la gente hoy en día.”

“¡Insensateces, por cierto! Porqué…sólo mira. ¡Bendita mi alma!, ¡No me digas que es un pez, un lucio es lo que creo, colgado de aquél árbol.”

“¡Qué chistoso!”, exclamó la esposa, “¿Cómo se habrá subido un lucio hasta allí? Pero si, SI es un lucio – no debiste haber intentado negarlo. Lo que dice la gente podría ser verdad. -“.

Pero el hombre sólo sacudió su cabeza y se encogió de hombros, abriendo la boca y quedando como si en verdad no pudiese creerlo.”

“¿Pero qué te quedas viendo allí, con la boca abierta, estúpido?”, dijo la esposa, “Sube a ese árbol rápido, y atrapa ese lucio, y lo cocinaré para la cena”.

Y el hombre subió al árbol, capturando al lucio y dándoselo a su esposa, y continuaron su camino”.

Cuando llegaron cerca del arroyo, él se detuvo, con la boca abierta.

“¿Y ahora qué es lo que estás viendo?”, preguntó la mujer, impaciente. “Sigue conduciendo, ¿qué no puedes?”.

“Porque…al parecer veo algo moviéndose en esa red. Veré a ver qué es.”

Corrió hacia la red, y luego de ver con cuidado, llamó a su esposa:

“¡Sólo mira!. Aquí quedó atrapada justamente una criatura de cuatro patas, en la red. Creo que es una liebre.”

“¡Válgame el cielo!”, exclamó la esposa. “¿Cómo pudo meterse la liebre en esa red? Es una liebre, SI QUE LO ES, ni necesitabas decirlo. Después de todo, creo que la gente anda diciendo verdad -“.

Pero el esposo sólo sacudió la cabeza y se encogió de hombros, restregándose los ojos como si en verdad no pudiera creerlo.

“¿Y ahora por qué te quedas allí parado sin hacer nada, estúpido?” , gritó la esposa. “Trae la liebre. Una linda liebre gorda es cena para un día de fiesta.”

El viejo capturó a la liebre, se la entregó a la esposa, que la guardó, y continuaron su camino hasta el lugar donde el tesoro estaba enterrado. Quitaron las ramitas, excavaron la tierra, sacaron la olla, la cargaron en su carreta y condujeron directo a casa de regreso con el tesoro.

Y entonces la pareja de ancianos tuvo suficiente dinero, hasta de sobra, y estuvieron felices y vivieron con comodidad. Pero la esposa era bien ingenua y tonta. Todos los días invitaba a las personas a que fuesen a comer con ellos, y celebraban todos, mientras la impaciencia del hombre crecía. Intentó razonar con ella, pero no escuchaba.

“¡No tienes derecho de sermonearme!”, le dijo ella. “Juntos hemos hallado el tesoro, y juntos lo gastaremos”.

El esposo aguantó, y continuó siendo paciente pero, tras un tiempo, le dijo: “Tú haz lo que te plazca, pero yo no te voy a dar un solo centavo más”.

La anciana estaba furibunda. “¡Oh, que tipo bueno para nada, que quiere el dinero todo para si mismo! Pero sólo espera y verás lo que te haré.”

Diciendo ésto, salió directo donde el gobernador, a dar la queja sobre su esposo.

“¡Oh, señor mío, protéjame de mi esposo! Desde que halló el tesoro, no se le soporta. Sólo come, y bebe, y no trabaja, ¡y retiene todo el dinero para sí!”.

El gobernador tuvo piedad de la señora y ordenó a su secretario en jefe que se hiciera cargo del asunto. El secretario reunió a los ancianos de la aldea, y juntos fueron a la casa del viejo.

“El gobernador”, ordenó él, “desea que Usted le de a mi cuidado todo el tesoro que Usted encontró”.

El hombre se encogió de hombros, y dijo: “¿Qué tesoro? No sé nada sobre ningún tesoro.”

“¿Cómo? ¿No sabe Usted nada? Porque su esposa se ha quejado sobre Usted, y lo ha denunciado. No intente mentir. Si Usted no entrega el tesoro inmediatamente, será juzgado por atreverse a retener un tesoro del gobierno sin dar notificación al gobernador sobre su existencia.”

“Perdóneme, su excelencia, pero, ¿que tesoro se supone que debe ser ese? Mi esposa seguramente lo soñó, y vosotros, finos caballeros, le habéis escuchado sus insensateces.”

“Insensateces serán”, interrumpió la mujer. “Una olla repleta de oro y plata, ¿a eso le llamas insensatez?.”.

“Tu no estás en tus cabales, querida esposa. Señor, os ruego perdón. Preguntadle cómo sucedió, y si ella os convence, pagaré por ello con mi vida.”

“Asi fue como sucedió, señor secretario”, replicó la mujer, “Conducíamos por el bosque, cuando vimos un lucio en la punta de un àrbol-“.

“¿Qué, un LUCIO?” Exclamó el secretario, “¿Piensa Usted que puede bromear conmigo, linda?”.

“¡Para nada, no bromeo, señor secretario! Estoy diciendo la pura y llana verdad”.

“Ve Usted ahora, caballero”, dijo el esposo, “qué tanto puede confiar en ella, cuando está charlataneando asi.”

“¿Charlatana, es asi?”, exclamó la señora, “¿Talvez se te ha olvidado, también, cómo fue que encontramos una liebre viva en el rio?”

Todo rugió por las carcajadas que soltaron; inclusive el secretario sonrió acariciando su barba, mientras el hombre decía:

“Ven, ven, mujer, todos se ríen de ti. Vedlo por vosotros mismos, caballeros, hasta dónde podéis creerle.”

“Si, es cierto”, dijeron los ancianos de la aldea, “ciertamente es la primera vez que escuchamos que las liebres andan por los ríos o los peces en las copas de los árboles”.

El secretario ya no pudo hacer nada más, y regresó al pueblo. La anciana quedó tan humillada, que tuvo que cerrar su boca por siempre, y obedecer a su esposo de ahí en adelante, y el hombre compró mercancías con parte del tesoro, se mudó al pueblo, y abrió una tienda, que prosperó, y pasó el resto de sus días en paz.”

La zorra y el gato – Cuento folclórico ucraniano

En cierto bosque vivía una vez una zorra, y cerca de ella vivía un hombre, quien tenía un gato que había sido bueno para atrapar ratones en su juventud, pero ahora estaba ya viejo y medio ciego. El hombre ya no quería más al gato pero, sin querer matarlo, lo llevó al bosque y lo perdió allí.Entonces vino la zorra y dijo, “¡Hola, Señor Gatuno Lanudo! ¡Cómo le va! ¿Qué lo trae por aquí?”––“¡Ay!” dijo el gatito, “mi amo me amaba mientras yo podía morder, pero ahora que ya no puedo morder más y he tenido que dejar el oficio de atrapar ratones, que por cierto era muy bueno para él, no quiso matarme, pero me dejó perdido en el bosque, en donde deberé perecer en la miseria.”––“¡No, querido gatito!” dijo la zorra; “déjamelo a mi, y te ayudaré a obtener tu pan diario”––“¡Eres muy buena, querida hermana zorrita!” dijo el gato, y la zorra le construyó un pequeño cobertizo con un jardín alrededor para pasear.

En cierto bosque vivió una vez una zorra

Ahora bien, un día vino la liebre a robar las coles del hombre. “¡Kriiiim-kriiiiim-kriiiim!” chillaba. Pero el gato sacó su cabeza fuera de la ventana, y cuando vio a la liebre, levantó su espinazo, erizó su cola y dijo, “¡Ft-t-t-t-t-Frrrrrrr!”La liebre se asustó, corrió huyendo de allí, directo a contarles al oso, al lobo y al jabalí lo que le había sucedido.“No importa,” dijo el oso, “Te diré algo. Los cuatro daremos un banquete, e invitaremos a la zorra y al gato, y los atenderemos bien
Ahora, ¡Mira! Yo robaré el aguamiel del hombre, y tú, Señor lobo, roba tú su olla con grasa, y tu, Señor jabalí, come las raíces de sus frutales, y tú, Señora liebre, ve a invitar a la zorra y al gato a cenar.”Alistaron todo, hasta que el oso dio la señal, y la liebre corrió a invitar a sus huéspedes. Llegó bajo la ventana y dijo, “Os invitamos, a su señoría la Zorrita Bonita, junto con don Gatuno Lanudo, a cenar”, y se fue de regreso.–“Pero debiste haberles dicho que trajeran con ellos sus cucharas”, dijo el oso.––“¡Oh, en dónde tengo la cabeza! ¡Se me olvidó por completo!” exclamó la liebre, y corrió hacia la residencia de la zorra y el gato, colocándose bajo la ventana y pregonando: “¡Tened en la mente de traer vustras cucharas!”––“Muy bien” dijo la zorra.FotoEntonces el gato y la zorra acudieron al banquete y, cuando el gato vio el salo, se acostó panza arriba, y movió felizmente su cola, y exclamó, “¡Miii-auu, Miii-auu!” con todas sus fuerzas.Pero todos ellos pensaron que estaba diciendo, “¡Ma-lo, ma-lo!”, que significa “¡Poco, poco!”––“¡Qué!” dijo el oso, que se ocultaba tras las hayas con las otras bestias, “¡Aquí hemos nosotros estado recolectando todo lo que hemos podido, y este gato cara de cerdo reclama que es muy poco! ¡Qué gato más monstruoso puede ser para tener tanto apetito!”Y entonces los cuatro salieron huyendo muy asustados, y el oso se encaramó a un árbol, y los otros se ocultaron donde pudieron. Pero cuando el gato vió los bigotes del jabalí saliendo de detrás de los arbustos, pensó que era un ratón, y de nuevo erizó su cola, arqueó su lomo, y gritó, “¡Ft! ¡ft! ¡ft! ¡Frrrrrrr!”.Entonces ellos se asustaron más que nunca. Y el jabalí se ocultó tras un arbusto mucho, pero mucho más lejos, y el lobo tras un roble, y el oso se bajó del árbol, sólo para subirse a uno mucho más alto, y la liebre corrió sin parar y con todas sus fuerzas.Y el gato quedó enmedio de todas las cosas buenas, y se devoró todo el tocino; y la pequeña zorra se comió toda la miel, y ambos comieron y comieron hasta que no pudieron comer más, y luego regresaron a casa, lamiendo gustosamente sus patas.

La historia del Viento – Cuento folclórico ucraniano

Una vez hubo dos hermanos que vivían en una aldea, y uno de ellos era muy, pero muy rico, mientras el otro era extremadamente pobre. El rico tenía todo tipo de bienes en abundancia, mientras el pobre, lo único que tenía en abundancia eran hijos.

Un día, en tiempo de cosecha, el pobre dejó en casa a su esposa y fue a cosechar en su diminuta parcela de grano, pero el Viento vino y le tumbó todo el maíz, hasta el último grano. El pobre hombre entró en una profunda cólera, diciendo: “Ve pues qué pasó, iré a buscar al Viento y le contaré con qué sufrimuento y qué problemas tuve para cultivar y llevar a la madurez mi maíz y, entonces, ¡en verdad! A ver si viene y me lo tumba de nuevo “.

Entonces el hombre regresó a casa y se alistó para irse y, mientras eso hacía, su esposa le preguntó, “¿A dónde vas, esposo?” –

— “Voy a buscar al Viento”, dijo él, “¿qué tienes que decir sobre eso?”

– “Yo diría que no hagas tal cosa”, respondió su esposa, “Tu ya conoces el dicho de ‘Si vosotros queréis encontrar al Viento, debéis buscarlo en las abiertas estepas. Él puede ir en varias direccones y tú sólo en una” Piensa en eso, querido esposo, y desiste de ir”.

–“Debo ir”, respondió el hombre, “y si no lo hallo, nunca regresaré a casa “.
Entonces agarró camino, dejando a su esposa e hijos, y se fue directo al mundo para buscar al Viento en las amplias estepas.

Caminó lejos, y más lejos, hasta que se encontró frente a sí un gran bosque, y en el borde de dicho bosque descubrió una choza con patas de pollo. (Enlace a ‘Baba Yahá’). El hombre entró a esa casa y se llenó de asombro, pues en el piso yacía un enorme, muy grande anciano, tan gris como la leche. Yacía alli, estirado a toda su longitud, con un brazo o un pie en cada una de las esquinas de la casa, y su cabello en un extremo. No era otro que el mismo Viento. El hombre quedó atónito mirando al anciano, pues nunca en su vida había visto tal cosa.

– “¡Que Dios esté con Usted, querido Padre!”, exclamó.

-“¡Que con Usted esté, buen hombre!”, dijo el gigantesco anciano, mientras continuaba echado sobre el suelo de la casa. Entonces le preguntó de una forma muy amigable,

-“¿Por qué razón lo ha traido a Usted Dios por aquí, buen hombre?”

-“Ando por el ancho mundo en busca del Viento”, dijo el hombre. “Si lo logro hallar, regresaré; pero si no lo encuentro, continuaré hasta que lo haga”.

–“¿Y que quiere Usted con el Viento?”, preguntó el gigante que yacía sobre el piso. “¿O qué le ha hecho él a Usted, para que Usted lo ande buscando con tanto empeño?”.

–“¿Que de malo me ha hecho?” exclamó el viajero. “¡Escúcheme ahora, O anciano, y le contaré! Yo fui directo de mi casa al campo, para cosechar mi pequeña parcela de maíz; pero cuando comencé a trabajar, el viento vino y se llevó cada grano, en un pestañeo, de forma que no quedó ni uno sólo. Ahora entonces, Usted debe ver, anciano, por lo que debo agradecerle. Dígame, en el Nombre de Dios, ¿porqué deben suceder tales cosas? Mi pequeño campo de maiz lo era todo para mi, y con el sudor de mis cejas lo llevé a ese punto; pero el viento vino y se lo llevó, y no quedó ni un rastro de mi cosecha en todo el mundo. Entonces pensé para mi mismo ‘¿Porqué habrá hecho él esto?’ Y luego dije a mi esposa ‘Iré a buscar al Viento, y le diré que otra vez no vaya a visitar al pobre con una pequeña tierra de maíz, y que no se lo tumbe todo, pues de amarga forma se arrepentirá ‘”

–“¡Bien, hijo mío!” dijo el gigante tirado en el suelo. “Tendré más cuidado en el futuro; en el futuro no volaré el maíz de un pobre. Pero, buen hombre, no hay necesidad que Usted busque al viento en las amplias estepas, pues yo mismo soy el Viento”.

-“Entonces, si Usted es el viento”, dijo el hombre, “regréseme mi maiz”.

-“No,” dijo el gigante, “no se puede regresar a un muerto de la tumba. Pero, viendo tanto perjuicio que le he a Usted hecho, le daré ahora este saco, buen hombre, para que se lo lleve a casa con Usted. Y cuando quiera que Usted quiera una comida, diga ‘Saco, saco ¡dame de carne y de beber!’ e inmediatamente Usted será saciado tanto de comida como de bebida; emtonces ahora tiene Usted los medios para reconfortar a su esposa e hijos.”
Entonces el hombre se llenó de gratitud. “¡Yo le agradezco, Oh viento!” mencionó, “por su cortesía al darme ese saco que me proveerá de comida y bebida sin el problema de trabajar por ello”.

–“Para un chiflado perezoso, ’habrá doble bendición,” dijo el viento. “Vaya Usted a casa, pero mire, no entre a ninguna taberna de camino. Yo lo sabré si lo hace.”

–“No,” dijo el hombre, “no lo haré.” Y agarró camino, despidiéndose del Viento y regresando a casa.

No había ido muy lejos, cuando pasó frente a una taberna, y sintió un ardiente deseo de saber si el Viento le había dicho la verdad con respecto al saco.

– “¿Cómo puede un hombre pasar frente a una taberna y no entrar?” pensó él “Entraré, haré lo que me plazca. El Viento no lo sabrá, pues no me puede ver.”

Entonces entró a la taberna y colgó su saco de un perchero. El Judío encargado de la taberna, de inmediato le dijo:

– “¿Qué quiere Usted, buen hombre?”–

–“¿Y a Usted qué le importa, perro?” dijo el hombre

–“Vosotros sois todos iguales,” comentó con desprecio el judío, “tomáis lo que podéis y luego no pagais.”–

–“¿Piensa Usted que quiero comprarle algo?” refunfuñó el hombre; luego, volteándose enojado hacia el saco, dijo, “¡Saco, saco, dame carne y de beber!”
Inmediatamente se cubrió la mesa de toda clase de carnes y licores. Y todos los judíos en la taberna se amontonaron en torno a la maravilla, llenos de asombro, y realizaron todo tipo de preguntas.
“¿Porqué?¿Qué es esto, buen hombre?”, dijeron todos; “¡Nunca antes hemos visto nada como esto!”.

–“¡No hagáis preguntas, ye malditos judíos!” exclamó el hombre, “pero sentaos a comer, pues hay de sobra para todos.”
Entonces los judíos y las judías se sentaron a la mesa a comer y beber hasta que les salía por las orejas; y bebieron por la salud del hombre en grandes picheles, vinos de cada clase, y dijeron:

– “Beba, buen hombre, y no escatime, y cuando ya haya saciado su sed, quédese con nosotros esta noche. Alistaremos una cama para Usted. Nadie lo molestará. Venga, beba y coma todo lo que su alma desee.”

Entonces los judios lo halagaban con lengua del diablo, y casi le ponían las jarras repletas de vino en los labios.

El simple tipo no percibió la malicia y astucia, y se emborrachó tanto que no podía moverse ya de ese lugar, ni tomó la habitación que le ofrecían, sino que quedó ahi mismo. Entonces los judíos cambiaron su saco por otro igual, que colgaron del perchero, y luego despertaron al hombre.

“¡Oiga, amigo!” exclamaron ellos; “levántese, es hora de ir a casa.¿Que no ve la luz del día?”

El hombre se levantó y rascó la parte de atrás de su cabeza, pues no se sentía dispuesto a partir. ¿Pero qué mas podía hacer? Entonces se colocó el saco al hombro; el saco que colgaba del perchero, y partió de regreso a su casa.
Cuando arribó a casa, exclamó: “¡Abre la puerta, mujer!” Entonces su esposa abrió la puerta, y él entró y directo fue a cogar su saco en el perchero, y dijo:

“Siéntate a la mesa, querida esposa, y vosotros niños sentaos también. Ahora, ¡Gracias a Dios! Tendremos suficiente para comer y para beber, y para guardar.”

La mujer volteó a ver a su esposo, y sonrió. Pensaba que él estaba loco, pero se sentó, y los niños ardededor de ella, y esperó a ver qué hacía su esposo a continuación. Entonces el hombre dijo, “Saco, saco, ¡danos carne y de beber!”, pero el saco guardó silencio. Entonces dijo de nuevo, “Saco, saco, ¡Dale a mis niños algo de comer!”, y el saco aún quedó en silencio. Entonces el hombre entro en una violenta cólera. “Tu me diste algo en la taberna”, exclamó, “y ahora te llamo en vano. No me das nada, y no me escuchas”, y, levantándose de su asiento, tomó un mazo y comenzó a dar de golpes al saco hasta que le abrió un agujero a la pared detrás. Luego se preparó para ir a buscar de nuevo al viento. Pero su esposa permaneció en casa y arregló todo el desastre, tratando a su esposo como a un hombre que perdió la cabeza.

El hombre fue con el Viento, y le dijo, “Hola a Usted, ¡Oh, Viento!”.

-“Saludos a Usted, ¡Oh hombre!”, respondió el viento. Luego preguntó,

– “¿Por qué razón ha Usted venido por acá, Oh Hombre? ¿No le dí a Usted un saco? ¿Qué mas quiere Usted?”–

–“¡Bonito saco, por cierto!” respondió el hombre; “ese su saco ha sido la causa de muchos enojos míos y de los míos”.

– “¿Qué problemas le ha causado a Usted?”.

–“Porqué, escucha, anciano padre, le diré lo que ha hecho. No me ha dado nada de comer y de beber, de forma que lo comencé a golpear e incluso la pared abrí un agujero.¿Ahora qué haré para reparar mi loca casa? Deme Usted algo, anciano padre”.

–Pero el viento respondió, “No, hombre, lo debes hacer sin mi ayuda. Los tontos ni se pueden sembrar ni se pueden cosechar, sino que se buscan sus propias desgracias – ¿no has ido a la taberna?”.

–“No he ido”, respondió el hombre.

–“¿Que no has ido? ¿Porqué mientes?”–

–“Bien, ¿Y qué si mentí?”, dijo el hombre; “si sufres daño por tu propia culpa, muérdete la lengua, eso es lo que digo. Pero sigue siendo culpa de tu saco que me ha convencido el demonio. Si sólo me hubiese dado de comer y de beber, no hubiese venido a Usted.”

A este punto el viento se rascó un poco la cabeza, pero luego dijo, “¡Bien entonces, hombre! Tengo un pequeño carnero para Usted, y cuando quiera que Usted le diga ‘¡Carnerito, carnerito, saca dinerito!’ y sacará tanto dinero como Usted quiera. Solo tenga esto en la mente: no entre a ninguna taberna, o yo lo sabré; pues si Usted lo hace, y viene a mi por tercera vez, le daré motivos para recordarme por siempre.”

–“Bien,” dijo el hombre, “no entraré”.

–Entonces se llevó el carnerito, agradeció al Viento, y tomó camino a casa.

Entonces el hombre iba por el camino, halando al carnerito con una cuerda, y llegaron a una taberna, la misma en la que había estado antes, y de nuevo un fuerte deseo lo obligó a pasar. Pero quedó parado frente a la puerta, pensando en si debía o no debía entrar, y también que quería averiguar la verdad acerca del pequeño carnero. “Bien, bien”, dijo finalmente, “Entraré, solo que esta vez no me emborracharé.” “Beberé solo una copa y luego iré a casa”.

Entonces entró en la taberna, arrastrando al carnerito tras él, pues temía dejarlo ir.

Ahora, cuando los judíos que estaban dentro vieron al carnerito, comenzaron a pegar chillidos, y dijeron: “¡En qué piensas, Hombre! ¿Porqué traes a ese pequeño carnero dentro de esta habitacion?, ¿No hay establos allá afuera donde lo puedas dejar?” –

–“¡Sosteneos las lenguas, desgraciados infelices!” replicó el hombre; “¿Que va a pasar con vosotros? No es un tipo de carnero con el que vosotros. No es el tipo de carnero con el que los tipos comunes están acostumbrados a tratar. Y si no me creéis, colocad una tela en el piso y veráis algo, os lo garantizo”.

–Entonces dijo, “Carnerito, carnerito, ¡Saca dinerito!” Y el carnerito comenzó a sacar tanto dinero, que parecía crecer, y los judíos chillaban como demonios.

–“¡Hombre, hombre!” dijeron, “ un carnero como este no habíamos visto jamás. ¡Véndenoslo! Te daremos una gran cantidad de dinero por él.”

–“Podréis conservar vuestro dinero, malditos”, exclamó el hombre, “pero no pretendo vender mi carnero”.

Entonces los judíos recogieron su dinero, pero colocaron frente a él una mesa repleta con todos los platos que el corazón de un hombre pueda desear, y le rogaron que tomara asiento y se relajara, y dijeron en lengua judía, “Aunque te pongas un poco alegre, no te emborraches, pues sabes cómo la bebida juega con la razón del hombre.”–

–El hombre se maravilló por la corrección de los judíos en advertirle contra la bebida y, olvidando todo lo demás, se sentó a la mesa y comenzó a beber tarro tras tarro de aguamiel, y hablar con los judíos, sin perder de vista a su carnerito. Pero los judíos lo emborracharon, y lo llevaron a la cama, e intercambiaron al carnero; el suyo se lo llevaron, y pusieron en su lugar uno exactamente igual.

Cuando el hombre se despertó de su borrachera, se arregló y se fue, llevando el carnero consigo, luego de despedirse de los judíos. Cuando llegó a su casa, halló a su esposa en la puerta y, al momento de verlo aproximarse, entró ella a la casa y gritó a sus hijos, “¡Venid, niños, apuraos!, pues papá esta llegando, y trae un carnerito con él; ¡levantaos, y venid pronto!. Un mal año de estarlo esperando ha sido difícil para mi, pero finalmente ha llegado”.

El esposo llegó a la puerta y dijo, “¡Abre la puerta, pequeña esposa, he dicho!”.

La esposa respondió, “No eres un hombre noble, por lo que abre la puerta tu mismo. ¿Porqué te emborrachas tanto que no puedes ni abrir tu puerta? Es un mal tiempo el que paso contigo. Aqui me quedo esperando con todos estos niños, y tú sólo te vas a beber.”

Entonces la esposa abrió la puerta, y el esposo entró a la casa y dijo, “¡Buena salud para ti, querida esposa!”,
Pero la esposa contestó, “¿Porqué traes ese carnero adentro de la casa, no puede estar fuera de los muros?”,

–“¡Mujer, mujer!” dijo el hombre, “habla pero no grites. Ahora tendremos toda clase de cosas buenas, y los niños también gozarán de ello.”

-“¡Qué!”, dijo la mujer, “¿Qué de bueno podemos obtener del miserable carnero? ¿En donde hallaremos dinero para comprarle comida? ¿Porqué si no tenemos nada para nosotros, nos traes además un carnero? ¡Tonto y sin sentido! He dicho”.

–“Silencio, mujer”, respondió; “este carnero no es como los otros carneros, te he dicho.”

–“¿De qué clase es entonces?, preguntó la esposa.

–“No estés haciendo preguntas. Mejor coloca una tela en el suelo y mantén tus ojos bien abiertos.”

–“¿Para qué poner una tela en el suelo?” Preguntó la señora

–“¿Porqué?” chilló el hombre, rabioso; “has lo que te digo y sostente la lengua.”

Pero la esposa dijo, “¡Ey, ey!, ya he tenido suficiente de esto. No haces nada, sino venir a casa a hablar tonterías, y traes sacos y carneros contigo, y derribarás nuestra chocita!”

A este punto, el esposo no pudo controlar su furia, y entonces le chilló al carnero, “Carnerito carnerito, ¡saca dinerito!”, pero el carnero sólo se quedó alli, viéndolo. Entonces gritó de nuevo, “¡Carnerito, carnerito, saca dinerito!”, pero tres veces, el carnero no hizo nada.
Entonces, en una terrible rabia, el hombre tomó un medazo de madera y atesto un fuerte golpe en la cabeza del carnero, y el pobre carnero solamente emitió un lastimero “¡baaa!”, y cayó muerto a tierra.

El hombre estaba muy ofendido, diciendo, “Iré con el Viento nuevamente, y le diré que me ha querido ver cara de tonto”. Entonces tomó su sombrero y partió, dejando todo tras de si. Y la pobre esposa quedó arreglando todo, y se quejó por su esposo.

De esta manera, el hombre llegó a donde el Viento por tercera vez, y dijo, “¿Me puede Usted decir si en realidad es el viento o no?”

–“¿Qué sucede con Usted?” preguntó el viento.–

–“Le diré a Usted qué es lo que me sucede”, dijo enojado el hombre, “¿Porqué se continúa Usted riendo y burlando de mi y haciéndome ver como tonto?”.

–“¡Me río de Usted! ” reaccionó el anciano padre estrepitosamente, quien yacía en el piso de la jata, volteando la cabeza para escuchar con el otro oído, “¿Porqué no se atiene Usted a las órdenes que le doy? ¿Porqué no me escucha Usted cuando le digo que no vaya a la taberna, eh?”–

–“¿A qué taberna se refiere Usted?” preguntó orgulloso el hombre; “Sobre el saco y el carnero que Usted me ha dado, sólo fueron una decepción; ¡deme algo más!”.

–“¿Qué sentido tiene que le dé algo a Usted?” dijo el Viento; “Usted lo lleva todo a la taberna. ¡Salid del tambor, mis doce secuaces” exclamó el Viento, “y solamente dad a este borracho una buena lección que mantenga seca su garganta y aprenda a escuchar a sus mayores!”

–Inmediatamente doce secuaces salieron del tambor, y comenzaron a dar al hombre una buena paliza. Entonces el hombre vio que no estaban bromeando, y rogó por misericordia. “Querido anciano padre,” lloró, “tenga Usted misericordia, y permítame irme vivo de aquí. No vendré a Usted de nuevo, sino que esperaré al Día del Juicio Final, y haré todo a Su requerimiento “.

–“¡Regresad al tambor, mis secuaces!”, ordenó el viento.

–“¡Y ahora, Oh hombre! ” dijo el hombre, “Usted deberá tener este tambor con mis doce secuaces, y deberá ir con los malditos judíos, y si ellos no le devuelven su saco y su carnero, Usted sabrá qué decir.”

El hombre agradeció al Viento por este buen consejo, y siguió su camino. Llegó al albergue, y cuando los judíos vieron que no llevaba nada especial con él, le dijeron, “¡Escuche, Hombre! No entre aquí, pues ya no tenemos licor.”–

–“¿Porqué iba yo a querer vuestro licor?” dijo furioso el hombre.–

–“¿Entonces por qué más puede estar viniendo Usted aqui?”–

–“He regresado por lo mio.”–

–“Lo suyo,” dijeron los judios; “¿a qué se refiere?”–

–“¿Que a qué me refiero?” rugió el hombre; “¿por qué?, ¡pues por mi saco y mi carnero, que me debéis devolver ahora mismo! ”–

–“¿Qué carnero? ¿Qué saco?” dijeron los judíos; “Eso Usted mismo se lo ha llevado.”–

–“Si, pero vosotros me lo habéis cambiado,” dijo el hombre.–

–“¿A qué se refiere usted con ‘cambiado’?” lloraron los judíos; “iremos ahora frente al magistrado, y Usted sabrá de esto.”–

–“Tendréis un mal momento si váis frente al magistrado”, dijo el hombre, “pero a toda costa, dadme mi propiedad.” Y se sentó en una banca.

Entonces los judíos lo tomaron por los hombros, para castigarlo, y le gritaron, “¡Fuera de aquí, granuja! ¿Alguien sabe de dónde viene este hombre? No duda que es un malvado.”

El hombre no pudo soportar esto, de forma que gritó, “¡Fuera del tambor, mis doce secuaces, y dadle a los malditos judíos tal paliza, que lo piensen dos veces la próxima vez que quieran tomar lo del hombre honrado!”, e inmediatamente salieron los doce secuaces del tambor y comenzaron a aporrear a los judíos.

–“¡Oh, oh!” suplicaron los judíos; “oh, querido, amor nuestro, le daremos lo que nos pide, ¡sólo que paren de golpearnos! Déjenos vivir un poco más en este mundo, y le devolveremos todo.”–

–“¡Bien!” dijo el hombre, “y la próxima vez pensadlo mejor antes de engañar a la gente.” Luego gritó, “¡Al tambor, mis secuaces!” y los secuaces desaparecieron, dejando a los judíos más muertos que vivos.

Entonces devolvieron al hombre su saco y su carnero, y él regresó a casa, y pasó largo, largo tiempo antes que los judíos olvidaran la paliza de los secuaces.

El hombre entonces regresó a casa, y la esposa y los niños lo vieron desde lejos. “¡Papá regresa a casa ahora con un saco y un carnero!”, dijo la esposa, “¿qué deberemos hacer? Nos ira mal y no nos quedará nada. ¡Dios nos proteja, pobres diablos! Id a esconder todo, niños.” Entonces los niños se apuraron, pero el esposo llegó a la puerta, y dijo, “¡Abrid la puerta!”.

–“Abre la puerta tú mismo,” replicó la esposa.–

–De nuevo la obligó el esposo a abrir la puerta, pero ella no le prestó la mínima atención. El hombre estaba asombrado.

Esta broma estaba yendo demasiado lejos, de forma que el hombre le gritó a sus secuaces, “¡Secuaces, secuaces! ¡Fuera del tambor y enseñad a mi esposa a respetar a su esposo!” Entonces los secuaces saltaron del tambor, tomaron a la mujer por el mocho, y comenzaron a darle una buena paliza.

“¡Oh, mi querido, mi amado esposo!” gritó la esposa espantada, “nunca hasta el final de mis días seré de nuevo abusiva contigo. Haré lo que sea que me pidas, sólo deja de pegarme.”–

–“¿Entonces ya te llegó el mensaje?” dijo el hombre.–

–“¡Oh, si, si, buen esposo!” gritó ella.

Entonces el hombre dijo: “¡Secuaces, secuaces! ¡Id al tambor!”, y los secuaces entraron de nuevo en el tambor, dejando a la esposa más muerta que viva.

Luego, el esposo le dijo, “Mujer, tiende una tela sobre el piso.” La esposa voló como una mosca, apurándose a extender una tela sobre el piso, sin decir una palabra.

Entonces, el hombre ordenó, “¡Carnerito, carnerito, repartenos dinerito!” Y el carnerito comenzó a soltar dinero, hasta que había pilas de pilas de él.
“Recogedlo, mis hijos”, dijo el hombre, “y tú, mujer, ¡toma lo que quieras!”–Y ellos no dejaron que se los dijera dos veces.

Entonces el hombre colgó su saco de un perchero, y dijo, “¡Saco, saco, carne y bebida! ” Luego lo tomó y lo sacudió, e inmediatamente la mesa se llenó de todo tipo de vituallas y bebidas.

“Sentaos, hijos míos; y tú también, querida esposa, y todos comed hasta saciaros. Gracias a Dios, ahora no nos faltará la comida, y no deberemos trabajar por ella tampoco.”

El hombre y su esposa fueron muy felices juntos, y nunca se cansaron de agradecer al Viento.

No llevaban mucho tiempo de tener el saco y el carnero cuando ya se habían vuelto millonarios, y entonces el esposo le dijo a su mujer, “¡Te digo algo, mujer.”

–“¿Qué?” dijo ella.–

–“Invitemos a mi hermano a que venga a vernos.”–

–“Muy bien,” respondió; “invítalo, pero, ¿Crees que en verdad vendrá?”–

–“¿Porqué no debería?” preguntó su esposo. “Ahora, gracias a Dios, tenemos todo lo que queremos. No hubiera venido cuando éramos pobres y él era muy rico, pues en ese entonces se hubiese avergonzado de decir que es mi hermano, pero ahora incluso él no tiene tanto como nosotros.” Entonces se alistaron, y el hombre fue a invitar a su hermano.

El hombre pobre fue donde su hermano y dijo, “Hola a ti, hermano, ¡Que Dios sea contigo!”.

–El hermano rico estaba trillando trigo y, alzando su cabeza, se sorprendió al ver allí a su hermano, y le dijo con arrogancia, “Gracias a ti. ¡Hola a ti también!. Siéntate, hermano mío, y dinos por qué has venido con nosotros.”

–“Gracias, hermano mío. No quiero sentarme. He venido a invitaros, a ti y a tu esposa”.

–“¿Porqué?” preguntó el hermano rico.–

–El pobre dijo, “Mi esposa te ruega, y yo también te ruego, que vengáis y cenéis con nosotros por tu cortesía.”

–“¡Bien!” respondió el hermano rico, sonriendo en secreto. “Iré sin importar qué tipo de cena sea esa.”

Entonces el hermano rico fue junto a su esposa a comer donde el pobre, y ya desde muy lejos pudieron notar que el pobre ya se había vuelto rico. Y el pobre se alegró grandemente al ver a su hermano rico en su casa. Y tenía suelta la lengua, y comenzó a enseñarle todo lo que fuera que poseyera. El rico estaba asombrado que le fuera tan bien a su hermano, y le preguntó cómo se las había arreglado para realizarlo. Pero el pobre respondió, “No me preguntes, hermano, aún tengo mucho que mostrarte.”

Entonces lo llevó a sus bodegas de monedas de cobre, y le dijo, “¡Esa es mi avena, hermano!” Luego lo llevó y le mostró sus bodegas de monedas de plata, y dijo, “¡Esa es la variedad de cebada que me gusta trillar!” Y, por último, lo llevó a su bodega de monedas de oro, y le dijo, “Allí, hermano, tengo el mejor trigo que haya sembrado.”–

–Entonces el hermano rico sacudió su cabeza, no una vez, ni dos veces, y se maravilló enormemente al ver cosas tan buenas, y dijo, “¿Cómo fue que conseguiste tantas cosas tan buenas, mi hermano?”.

–“¡Oh! Tengo mucho más que eso para mostrarte aún. Sólo se tan bueno de sentarte en esa silla, y te mostraré y te contaré todo.”

Entonces todos se sentaron, y el pobre colgó su saco en el perchero. “¡Saco, saco, carne y bebida!”, gritó, e inmediatamente la mesa se cubrió con toda clase de platos. Entonces todos comieron y comieron, hasta que se llenaron hasta las orejas. Cuando habían comido y bebido hasta saciarse, el pobre hizo que el hijo trajera al pequeño carnero dentro de la jata.”

El joven trajo al carnero, y el hermano rico se preguntó qué iban a ser con él. Entonces el pobre dijo, “¡Carnerito, carnerito, danos dinerito!”, y el carnero comenzó a soltar dinero, hasta que había pilas de pilas de él sobre el suelo.
“¡Recógedlo!”, dijo el pobre al rico y a su esposa. Entonces ellos lo recogieron y el hermano rico y su esposa se maravillaron, y el rico le dijo, “Tienes una buena cantidad de cosas buenas, hermano. Si sólo tuviera algo así, no tendría carencia de nada;” entonces, tras pensarlo un buen rato, dijo, “Véndemelo, hermano mío.”

–“No,” dijo el pobre, “No te lo venderé.”–

–Tras un momento, sin embargo, el rico dijo de nuevo, “¡Ven hombre! Te daré por él seis yuntas de bueyes, un arado y una desgranadora, y un pieltre para heno, y además montones de maíz para sembrar, para que tengas mucho, pero dame el carnero y el saco.” Entonces, finalmente, se cerró el negocio. El rico se llevó el saco y el carnero, y el pobre quedó con las yuntas y todo lo demás.

Entonces el hermano pobre fue a arar durante todo el día, pero nunca abrevó a sus bueyes ni les dio nada de comer. Y al día siguiente el pobre de nuevo salió con sus bueyes, pero los encontró yaciendo sobre el suelo. Comenzó a halarlos, darles tirones, pero no se levantaron.

Entonces comenzó a golpearlos con una vara, pero ellos no emitieron ningún sonido. El hombre estaba sorprendido de ello, y corrio a su hermano, sin olvidar llevar el tambor con los secuaces.
Cuando el pobre llegó con el hermano rico, sin perder el tiempo en tocar la puerta, y dijo, “¡Hola, mi hermano!”–

–“¡Buen día para tí también!” respondió el hermano rico, “¿Porqué has venido por aquí? ¿Se ha roto tu arado, o tus bueyes han fallado? Probablemente les has dado de beber agua mala y su sangre está estancada y su carne inflamada?”–

–“¡La morriña se los llevó, si sabes a lo que me refiero!”, lloró el pobre. “Y todo lo que sé es que les di palo hasta que me dolieron los brazos, y no se movieron ni emitieron un gruñido; hasta que estuve tan enojado que los escupí, y vine a decirte. ¡Dame mi saco y mi carnero, digo, y llévate tus bueyes, pues a mi no me escuchan! ”–

–“¡Qué! ¡Devolverlos!” rugió el hermano rico. “¿Piensas que hice el intercambio por un solo día? No, yo te los di de una vez por todas, y ahora quieres deshacer todo como una cabra en una feria. No tengo dudas que ni les diste de beber ni de comer, y por eso es que no se levantan.”–

–“Yo no sé,” dijo el pobre, “¿los bueyes en verdad necesitaban comida y agua?.”–

–“¡No sabías!” chilló el rico, con tal furia que tomó al pobre por una mano y lo echó a la fuerza de su jata. “Vete,” dijo él, “y nunca más vuelvas aquí, ¡o te colgaré en la horca!”.–

–“¡Ah! ¡Qué grandes caballeros somos!” dijo el pobre; “Sólo dame lo mío y me iré.”–

–“Mejor nunca hubieras venido,” dijo el rico; “¡Ven, mueve tus patas, y vete! ¡Vete, o te golpearé!”–

–“No digas eso,” dijo el pobre, “pero devuélveme mi saco y mi carnero, y entonces me iré.”–

–A este momento el hermano rico había perdido toda calma y gritó a su esposa e hijos, “¿Porqué os quedáis parados alli viendo sin hacer nada? ¿No podéis venir a ayudarme a echar a este patán de la casa?”

Esto, sin embargo, se pasó de toda broma, de forma que el hermano pobre llamó a sus secuaces, “¡Secuaces, secuaces! ¡Fuera del tambor y dadle a este hermano mío y a su esposa tal paliza, que pensarán dos veces antes de echar a su hermano de su jata! ”

Entonces salieron los secuaces del tambor, y agarraron al hermano rico y a su esposa, y les dieron tal golpiza, hasta que el hermano rico gritó con todas sus fuerzas, “¡Oh, oh! ¡Mi hermano de verdad, toma lo que quieras, sólo déjame vivir!”, tras lo que el hermano pobre gritó a sus secuaces, “¡Secuaces, secuaces!, ¡Regresad al tambor!”, y los secuaces desaparecieron.

Entonces el pobre se llevó a su carnero y su saco, y regresó a casa con ellos. Y ellos vivieron felices paea siempre, con su esposa e hijos, y se volvieron más y más ricos. Nunca sembraron ni centeno ni trigo, y aún así tuvieron montones y montones que comer. Y yo estuve allí, y bebí aguamiel y cerveza, y lo que mi boca no podía tragar, resbalaba por mi barba.

Cuentos Folcloricos Ucranianos- “Oh” – Ох

Los tiempos antiguos no son como los actuales en los que vivimos. En los tiempos pasados, toda clase de fuerzas malignas andaban libremente por el mundo.El mundo en sí no era como es ahora: ahora ya no andan los poderes diabólicos entre nosotros.

Les contaré la Kazka (cuento) de Oh, el rey del bosque, de forma que lo conoceréis de la forma que sucedió.

Hubo una vez, hace mucho, mucho tiempo, más allá de los tiempos que podemos recordar, antes que vuestros bisabuelos o sus abuelos hubiesen nacido en este mundo, que vivían un hombre pobre con su esposa, y tenían un único hijo, quien no era un hijo digno de su padre y madre. ¡Tan perezoso era ese único hijo, que el Cielo se apiade de él!

No hacía nada, ni ir a traer agua al pozo, sino que se recostaba en la estufa todo el día, rodando por encima de los carboncillos calientes. Y aunque ya tenía veite años de edad, se sentaba sobre la estufa, sin pantalones, y nada lo hacía bajar. Si le daban algo para comer, se lo comía; y si no le daban nada de comer, igual quedaba sobre la estufa, sin comer.

Su padre y su madre se impacientaron y entristecieron gravemente por él, y dijeron:

“¿Qué vamos a hacer contigo, Oh, Hijo? Pues no eres bueno para nada. Los hijos de otras personas trabajan y son una ayuda para sus padres, pero tu eres un tonto y te comes nuestro pan, por nada”.

Pero eso no fue nada útil. El seguía sin hacer nada más que sentarse en la estufa y jugar con las brasas. Entonces su padre y su madre lloraron por esto durante muchos días enteros, hasta que, al final, la madre le dijo al padre:

“¿Que se debe hacer con nuestro hijo? ¿No ves que ya ha crecido y ahora no nos es útil para nada, y que es tan tonto que no podemos hacer nada con él? Mira. Si podemos enviarlo lejos, enviémoslo lejos; si podemos vender sus servicios, vendamos sus servicios; tal vez otras personas puedan hacer con él más que lo que nosotros”.

Entonces su padre y su madre juntaron sus cabezas y lo enviaron con un sastre, para que aprendiera la costura.

Estuvo allí por tres días, pero entonces escapó y corrió a casa, y de inmediato se subió sobre la estufa y se puso a jugar con las brasas.

Su padre entonces le zurró una paliza y lo envió con un zapatero remendón, para que aprendiera a reparar zapatos, pero de nuevo regresó a casa. Su padre le dió otra zurra y lo envió con un herrero, para que aprendiera el forjado del hierro. Pero allí, también, no estuvo por mucho tiempo y huyó a casa, de forma que, ¿qué debía hacer ahora el padre?

“Te diré qué haré contigo, ¡hijo de perro!”, dijo él, “Te llevaré, perezoso patán, a otro reino. Allá, tal vez, te podrán enseñar mejor que lo que te enseñaron aquí, y será muy lejos para que escapes”.

Entonces lo tomó y salió con él de viaje.

Ellos caminaron y caminaron, por un camino corto y por un camino largo, y al final llegaron a un bosque tan oscuro, que no se podía ver ni la tierra ni el cielo. Atravesaron este bosque, pero tras poco tiempo, quedaron agotados, y cuando llegaron a una vereda que iba a un claro lleno de enormes troncos tirados, el padre dijo:

“Estoy tan cansado, que me sentaré aquí un rato”, y se sentó sobre un tronco de árbol, y lloró: “¡Oh, qué cansado estoy!”.

Ni habia pronunciado esas palabras, cuando de pronto, de un tronco de árbol, nadie podría decir cómo, saltó un pequeño viejecito, muy arrugado y fruncido, y su barba totalmente verde, que le llegaba hasta las rodillas”.

“¿Que quieres de mí, hombre?”, preguntó él.

El hombre estaba asombrado por la rareza de su aparición, y le respondió:

“No te he llamado; ¡vete!”.

“¿Cómo puedes decir eso, cuando me has llamado?”, dijo el pequeño viejecito.

”¿Quién eres tu, entonces?” preguntó el padre.

“Yo soy Oh, el rey de los bosques”, respondió el viejo; “¿Porqué me has llamado, he dicho?”.

“Fuera de aquí, yo no te llamé”, dijo el hombre.

“¡Qué! ¿No me has llamado cuando has dicho ‘Oh’?”

“Estaba cansado, y por eso dije ‘Oh’!”, respondió el hombre.

“¿A dónde te diriges?” preguntó Oh.

“El mundo entero yace frente a mi”, afirmó el hombre, “Estoy llevando a este mi tonto cabeza dura para que alguien lo contrate para algo. De alguna manera quiero que sea, tal vez, útil para alguien más, de lo que es para nosotros en casa; pero, enviarlo a donde él quiere, no será, pues ¡siempre regresa corriendo a casa!”

“Arrendádmelo a mí. Yo te garantizo que le enseñaré”, dijo Oh. “Pero me lo quedaré sólo con una condición. Tu deberás regresar por él después que un año completo hubiese transcurrido y, si lo reconoces, te lo podráis llevar; pero si no lo reconoces, deberá servir otro año más conmigo”.

“¡Muy bien!”, exclamó el hombre.

Así, entonces, cerraron el trato con un apretón de manos y tomaron un buen trago, y el hombre regresó a su propia casa, mientras Oh se llevó a su hijo con él.

Oh se llevó al hijo del viejo con él, y pasaron a otro mundo, el mundo más allá de la tierra, y llegaron a una choza verde, tejida con paja, y en esta casa todo era verde; las paredes eran verdes, y las bancas eran verdes, y la esposa de Oh era verde, y sus hijos eran verdes – de hecho, todo allí era verde.

Y Oh tenía rusalky como servidumbre, y ellas eran tan verdes como la ruda.

” ¡Siéntate ahora!”, dijo Oh a su nuevo empleado, “y toma un poco de algo que comer”. Las rusalky le trajeron algo de comida, que también era verde, y él comió de ella.

“Y ahora”, dijo Oh, ” llevaré a mi trabajador al patio, para que corte leña y traiga agua del pozo”. Y de esta manera, lo llevó al patio; pero, en vez de cortar leña, se tumbó y se puso a dormir. Oh fue a ver cómo iba el trabajo, pero lo halló allí, roncando.

Oh lo agarró, y le dio una paliza, diciendo: con leña y a la leña te ataré con fuerza, y la prenderé en fuego, hasta que mi trabajador se haya quemado hasta lo huesos. Y eso hizo.

Entonces Oh luego tomó las cenizas, y las roció lanzándolas a los cuatro vientos; pero un pequeño pedazo de carbón quemado cayó de estas cenizas, y Oh regó este carbón con agua viva, de donde el trabajador salió inmediatamente, con vida, y un poco más atractivo y fuerte que antes.

Oh de nuevo le hizo cortar leña, pero de nuevo se fue a dormir. Entonces Oh de nuevo lo ató a la leña, y lo quemó, y lanzó las cenizas a “los cuatro vientos”, y el carbóncillo que cayó lo regó con agua viva y, en vez del patán payaso, salió un fornido y guapo kozako, que su belleza no podía ser imaginada o descrita, ni narrada en cuentos.

Allí, entonces, estuvo por un año. Y al final del año retornó el padre por su hijo. Llegó al mismo claro repleto de troncos tumbados, en el mismo bosque, y se sentó, y dijo “¡Oh!”.

Oh inmediatamente salió de uno de los troncos tumbados, y dijo:

“¡Saludos, Hombre!”.

“¡Saludos a ti, Oh!”,

“¿Y qué deseas, hombre?”, preguntó Oh.

“He venido”, dijo él, “por mi hijo”.

“Bien, ¡ven entonces!; si lo reconoces de nuevo, te lo podrás llevar lejos contigo; pero si no lo reconoces, deberá servirme por otro año mas”.

Entonces el hombre fue con Oh. Llegaron a su choza, y Oh tomó puñados de mijo y los regó por todos lados, y miríadas de gallos llegaron corriendo a picotear.

“Muy bien, ¿reconoces a tu hijo otra vez?”, dijo Oh.

El hombre quedó viendo y viendo. No había nada más que gallos, y cada gallo era igual a los demás, de modo que no pudo reconocer a su hijo.

“Bien”, dijo Oh, “ya que no lo has reconocido, regresa a casa; este año, tu hijo deberá quedar a mi servicio.”

Entonces regresó el hombre a casa.

El segundo año transcurrió, y el hombre de nuevo vino con Oh. Llegó a los troncos tumbados, y dijo “¡Oh!”, y Oh salió saltando del tronco botado.

“¡Ven!”, dijo él, “vamos a ver si lo puedes reconocer ahora.”

Entonces lo llevó a un corral de ovejas, y había hileras de hileras de ovejas, y cada una era exactamente igual a las demás. El hombre quedó viendo y viendo, pero no pudo reconocer a su hijo.

“Tu debes volver a tu casa entonces”, dijo Oh, “y tu hijo deberá vivir conmigo por otro año más.”

Entonces el hombre se fue, triste en su corazón.

Pasó el tercer año, y el hombre vino a buscar de nuevo a Oh. Caminó y caminó, hasta que se topó con un anciano, tan blanco como la leche, y la vestimenta del anciano era de un blanco brillante.

“¡Hola a Usted, O Señor!”, dijo él.

“¡Hola a Usted también, Padre mío!”

“¿Qué, en el nombre de Dios, lo trae por aquí?”.

“Vengo a liberar a mi hijo de Oh.”

“¿Cómo así?”.

Entonces el hombre le contó al anciano blanco sobre cómo Oh había contratado a su hijo, y bajo qué condiciones.

“¡Ay, ay!”, dijo el anciano de blanco, “es un vil pagano con quien Usted está tratando; él lo llevará guiado por la nariz durante mucho tiempo”.

“Si”, dijo el hombre, “Percibo que es un vil pagano; pero no sé en el mundo qué hacer con él. ¿No puede Usted decirme entonces, querido padre, cómo puedo recobrar a mi hijo?”.

“Sí que puedo”, dijo el anciano.

“Entonces dígame, querido padre, y rogaré a Dios por Usted toda mi vida pues, aunque no ha sido mucho como un hijo para mí, aún es de mi propia carne y sangre”.

“¡Escuche entonces!”, dijo el anciano, “cuando esté con Oh, liberará una multitud de palomas frente a Usted, pero no escoja una de esas palomas. La paloma que debe escoger es la que no sale, sino la que queda echada detrás del peral, acicalándose las plumas; ese es su hijo”.

Entonces el hombre agradeció al anciano de blanco y siguió su camino. Y llegó a los troncos tumbados.

“¡Oh!”, gritó él, y Oh salió y lo condujo a su reino. Allí, Oh sacó puñados de trigo, y los regó, y llamó a sus palomas, y voló tal multitud de ellas, que no se podían contar, y cada paloma era exactamente igual a las otras.

“¿Reconoces a tu hijo?”, preguntó Oh. “Y si lo reconoces, es tuyo; y si no lo reconoces, entonces es mio”.

Ahora bien, todas las palomas estaban picoteando el trigo, pero una sola se encontraba echada detrás del peral, acicalando el plumaje de su pecho y sus alas.

“Ese es mi hijo”, dijo el hombre.

“Ya que lo has adivinado, llévalo”, respondió Oh.

Entonces el padre tomó a la paloma, e inmediatamente se convirtio en un guapo joven , y más bello no se podía encontrar en todo el mundo. El padre se alegró grandemente, y lo abrazó, y lo besó.

“¡Vámonos a casa, hijo mío!”, dijo él. Y partieron.

Mientras iban por el camino juntos, charlaron un poco, y el padre preguntó cómo lo había tratado Oh. El hijo le contó.

El padre entonces le contó a su hijo lo que había sufrido, y fue el turno del hijo de escuchar. Y prosiguió el padre: “¿Qué deberemos hacer ahora, hijo mío? Soy muy pobre y por los años que serviste no he ganado nada.”.

“No te aflijas, querido padre, y llegaremos al final. ¡Mira!, allá hay unos nobles de cacería, tras una zorra. Me convertiré en un galgo y atraparé a la zorra, y entonces los jóvenes nobles querrán comprarme de ti, y tú deberás venderme a ellos por trescientas monedas – sólo, ten en mente no venderme con cadena; ¡entonces tendremos montones de dinero, y seremos felices juntos!”.

Ellos continuaron caminando y caminando y allí, a los bordes del bosque, unos sabuesos perseguían una zorra. La persiguieron y persiguieron , pero la zorra seguía escapando, y los sabuesos ya no la podían perseguir. Entonces el hijo se convirtió en un galgo y corrió hacia la zorra y la mató. Los nobles llegaron galopando saliendo del bosque.

“¿Es ese su galgo?”

“Si es”.

“Es un buen perro; ¿quisiera vendérnoslo?”

“¡Por supuesto!”

“¿Que es lo que Usted requiere?”

“Trescientas monedas, sin cadena”.

“¡Para qué lo queremos con cadena! Le daremos una cadena de oro. ¡Diga cien monedas!”.

“¡Nay!”

“Entonces tenga su dinero y denos el perro”

Ellos entonces contaron el dinero, se lo dieron, y salieron a continuar su cacería. Enviaron al perro tras otra zorra. El perro la persiguió directo dentro del bosque, pero no la capturó sino que se transformó de regreso en un joven y se reunió con su padre.

Continuaron caminando, y su padre le dijo:

“¿Para qué usaremos este dinero, después de todo? Apenas alcanza para reparar nuestra jata y comenzar a hacer limpieza.”

“No te aflijas, querido padre, tranquilicémonos. Más lejos habrá unos jóvenes nobles cazando perdices con halcones. Me convertiré en un halcón, y tú deberás venderme a ellos; sólo véndeme por trescientas monedas, y sin capucha”.

Se dirigieron a la pradera, y allí, efectivamente, había algunos jóvenes nobles cazando perdices con su halcón. El halcón las perseguía, pero siempre le quedaba atrás, y la perdiz siempre lo eludía. El hijo entonces se transformó en un halcón y de inmediato capturó a su presa. Los nobles lo vieron, y estaban asombrados.

“¿Es ese su halcón?”

“Es mío”

“¡Véndalo entonces!”

“¡Por supuesto!”.

“¿Cuánto quiere Usted por él?”

“Si Usted me da trescientas monedas, Usted lo podrá tener, pero debe ser sin capucha.”

“¡Como si quisiéramos una capucha! Le haremos una capucha digna de un rey.”

Entonces ellos regatearon y regatearon, hasta que finalmente aceptaron darle las trescientas monedas.

Entonces los jóvenes nobles mostraron al halcón otra perdiz, y voló y voló hasta derribar a su presa; pero entonces se internó en el bosque y se reunió de nuevo con su padre.

“¿Cómo nos la vamos a arreglar para vivir con tan poco?”, dijo el padre.

“Espera un poco, padre, y tendremos más”, dijo el hijo. “Cuando pasemos por la feria, me convertiré en un caballo, y deberás venderme. Te darán mil monedas por mi, pero véndeme sin gamarra.”

Entonces llegaron ellos a la siguiente aldea, en donde se celebraba una feria, y el hijo se transformó en un caballo, un caballo tan flexible como una serpiente, y tan brioso que era peligroso aproximarse a él. El padre llevó al caballo junto con la brida, y el caballo se encabritó y sacó chispas del suelo con sus cascos.

Entonces llegaron los comerciantes de caballos y todos comenzaron a ofrecer.

“No menos de mil monedas”, dijo él, “y podráis tenerlo, pero sin la brida”.

“¿Y para qué queremos la brida? Le haremos una de hilo de plata. ¡Ven, te daremos quinientas monedas!”.

“¡No!”, dijo él.

Entonces vino un gitano, tuerto de un ojo.

“¡Hombre!, ¿Qué quieres por tu caballo?”, dijo el gitano.

“¡Mil monedas, sin la brida”.

“¡Nay!, ¡Pero es muy bello, querido padre! ¿No aceptarías quinientas monedas, con la brida?”.

“¡No, ni un poquito menos!”.

Entonces el gitano comenzó a regatear y regatear, pero el padre no cedía.

“Ven, ¡véndelo!”, dijo él, “Con la brida.”

“No, Usted, gitano. Me gusta esa brida.”

“Pero, mi buen hombre, ¿Donde ha Usted visto un caballo sin brida? ¿Como se supone que lo pueda guiar?”

“Sin embargo, la brida deberá seguir siendo mía.”

“Mira, Padre. Te daré las cinco monedas extra, pero debo tener la brida.”

El viejo comenzó a reflexionar. Una brida como esa no vale ni tres centavos, y el gitano me ofrece cinco monedas por ella; se la daré.

Y asi fue que cerraron el pacto con un buen trago, y el viejo regresó a casa con su dinero, y el gitano se fue con el caballo.

Pero no era realmente un gitano, sino que era Oh, quien se había transformado en un gitano. Y cabalgó y cabalgó en el caballo. Y el caballo lo llevó más alto que los árboles del bosque, pero mas abajo que las nubes en el cielo. Y finalmente se hundieron en el bosque y llegaron a la choza de Oh, y Oh fue a su casa y dejó al caballo afuera, en la estepa.

“Este hijo de un perro no escapará de mis manos tan fácilmente por segunda vez”, dijo a su esposa.

Y al alba tomó Oh al caballo con la brida y lo llevó al río, a abrevarlo. Pero ni había tocado el agua del río el caballo, bajó su cabeza y se convirtió en una perca, y comenzó a nadar por el río. Pero Oh, mucho más habil, se convirtió en un lucio y persiguió a la perca. Pero cuando el lucio casi la había capturado, la perca dio un giro repentino y pincho con sus puntiagudas aletas al lucio, y el lucio no la pudo capturar. Y cuando la perca estaba cerca nuevamente, el lucio le dijo:

“¡Perca!, ¡Perca! Voltea tu cabeza hacia mí, ¡Quiero tener una charla contigo!”.

“Puedo escucharte tal como estoy, querido primo, si aún quieres charlar.”

Entonces se fue de nuevo, y de nuevo el lucio estuvo cerca de la perca, y le gritó:

“¡Perca!, ¡Perca! Voltea tu cabeza hacia mí, ¡Quiero tener una charla contigo!”.

Y la perca desplegó de nuevo sus punzantes aletas, y dijo:

“Puedo escucharte tal como estoy, querido primo, si aún quieres charlar.”

De esta manera, el lucio continuó persiguiendo a la perca, pero fue inútil. Al final, la perca llegó a la playa, y alli había una princesa cortando una ramilla de fresno. La perca se convirtió en un anillo de oro, con granate, y la princesa lo vió y lo pescó, sacándolo del agua.

Llena de alegría se lo llevó a casa, y le dijo a su padre:

“¡Mira, querido padre, qué bonito anillo me he encontrado!”.

El rey la besó, pero la princesa no sabía en qué dedo se le veía mejor, pues era tan bello.

Más o menos al mismo tiempo, se le dijo al rey que había un mercader que había llegado a Palacio. Era Oh, quien se había convertido en mercader. El rey llegó con él, y le dijo:

“¿Qué quiere Usted, viejo?”

“Estaba navegando por el mar en mi barco”, dijo Oh, “y traía desde mi país un bello anillo de oro con granate, y ese anillo se me cayó al agua. ¿Ha alguno de vuestros sirvientes por casualidad hallado mi anillo?”.

“No, pero mi hija si”, dijo el rey.

Entonces fue llamada la damisela, y Oh comenzó a rogarle que se lo devolviese., “pues no podré vivir en este mundo si no me devuelves el anillo”, dijo él.

Pero no había modo. Ella no se lo daría. Entonces el propio rey habló con ella: “Nay, querida hija, dáselo, que la mala fortuna no caiga sobre este hombre por culpa nuestra; ¡Dáselo, he dicho!”.

Entonces Oh rogó aún más, diciendo: “Toma lo que quieras de mi, sólo devuélveme el anillo.”

“¡No!”, dijo la princesa, “no será ni mío ni tuyo”, y diciendo eso, se quitó el anillo, lo lanzó al suelo, y éste se convirtió en un montón de granos de mijo que se repartió por todo el piso de Palacio.

Entonces Oh, sin más preámbulo, se convirtió en un gallo, y comenzó a picotear todo el mijo; picoteó y picoteó, hasta que todo lo tragó.

Pero quedó un único pequeño grano de mijo, que había rodado justo a los pies de la princesa, y no lo vio el gallo. Cuando acabó de picotear todo el mijo, extendió sus alas y salió volando por la ventana.

El pequeño grano de mijo se convirtió en el joven más bello y más guapo, que la princesa, al verlo, quedó enamorada de él al instante, y le rogó al rey y a la reina que, si eran piadosos, lo dejaran ser su esposo.

“Con ningún otro seré feliz”, dijo ella, “¡Toda mi felicidad está en él nada más!”.

Por largo tiempo, el rey frunció el ceño sólo con pensar darle la mano de su hija a ese sencillo joven; pero, al final, les otorgó su bendición, y los coronó con las guirnaldas nupciales, y todo el mundo fue invitado a la boda real. Y yo también estuve allí, y bebí cerveza y aguamiel, y lo que mi boca no podía sostener, fluía por mis barbas, y mi corazón se regocijó.

Fuente, imágenes y cuento en ucraniano

El pobre lobo – бідний вовк – Cuento folclórico ucraniano

Hubo una vez un pobre lobo que se encontraba a punto de morir de hambre. Entonces acudió a Dios y le rogó por comida.

Ya ante Dios, se le presentó muy pobre, pero exageró su pobreza ante El, fingiendo más de lo que era real.

– “Dios, ¡El agraciado!“, dijo el lobo, “Dame algo de comer, o de lo contrario, pereceré por el hambre”.

– “¿Y qué quieres de comer?”, le preguntó Dios.

– “Dame lo que quieras“.

-“Por allá en la pradera“, le dijo Dios, “pasta la yegua del cura. Ciertamente no vendrá corriendo a ti, pero ve tú, captúrala y cómela“.

El lobo se fue de inmediato, trot, trot, ¡como corría!

Llegó con la yegua y le habló asi: “¡Buena salud para Usted, señora yegua!. Dios me ha dicho que podré comerla“.

-“¿Y qué clase de criatura eres tú, que vas a comerme?”

– “¡Un lobo!”, respondió.

– “No. Tu estás mintiendo. ¡Tu eres un perro!”.

-“Creame“, le respondió, “¡Soy un lobo!”.

– “Bien, ya que eres un lobo y me vas a comer, ¿por dónde comenzarás?“.

– “Por la cabeza”, respondió el lobo.

– “Ey, lobito, lobito“, le dijo la yegua, “Si no hay otro remedio que me comas, comienza con la cola. De esa manera, continuaré pastando mientras lo haces y, cuando llegues a la mitad, habré engordado. Entonces tendrás un bocadillo adicional“.

– “¡Asi será!”, gritó el lobo, y se dirigió prontamente a comer la cola de la yegua.

No pasó mucho tiempo cuando la yegua sintió una mordida en su cola. Su reflejo fue pegarle una coz al lobo, con tal fuerza que el no supo si aún estaba en este mundo o ya no. Entonces la yegua salió galopando a toda velocidad, dejando al lobo entre una nube de polvo, quien quedó pensativo: “¿Seré un tonto? ¿Seré un loco? ¿Porqué no la tomé por la garganta?”.

De nuevo se presentó el lobo ante Dios, y le dijo:

– “¡Mi Dios, Misericordioso! Dame al menos algo de comer, o me hincharé por tanta hambre“.

– “¿Pero la yegua“, respondió Dios, “fue tan pequeña para ti?”.

El lobo comenzó a vociferar y lloriquear. “¡Mi piel necesita unos lienzos de tabaco!. No es que no haya tenido un banquete, ¡sino que ella casi aplasta mi cara!“.

-“Bien, siendo así “, le respondió Dios, “Ve a la cañada. Un lindo y gordo carnero está pastando alli”. Ve y cómelo“.

El lobo salió corriendo a toda velocidad a la cañada, en donde vio al gordo carnero pastando:

-“¡Buena salud, señor carnero!”.

-“Buena salud”.

-“Dios me dijo que me lo comeré a Usted”.

-“¿Y qué clase de criatura eres tu que vas a comerme?”, le respondió el carnero.

– “¡Un lobo!”, respondió.

– “No. Tu estás mintiendo. ¡Tu eres un perro!”.

-“Creame“, le respondió, “¡Soy un lobo!”.

– “Bien, ya que eres un lobo y me vas a comer, ¿por dónde comenzarás?”.

– “Con la cabeza“, respondió el lobo, “No hay otro remedio, ¡Asi será Usted mio por completo!”

-“¡Ey, Lobito, lobito!”, le dijo el carnero, “Ya que estás tan decidido a comerme, mejor ve a pararte allá al borde de la cañada. Abre la boca y yo llegaré corriendo y me meteré en ella, y así me comerás de un solo bocado”, le continuó diciendo.

Entonces eso hizo el lobo. Salió corriendo y se posó al borde del precipicio, intentando abrir sus fauces lo más posible para que el carnero entrara de un solo en su estómago y tenerlo finalmente lleno.

El carnero, por otro lado, agarró envión retrocediendo un poco, calculando distancia y se abalanzó contra el lobo, dándole un tope tan grande que lo hizo volar por los aires hasta el fondo del precipicio.

Entonces el lobo quedó allí, molido, llorando y lamentando: “¿Seré un tonto? ¿Seré un loco? ¿Quién en esta vida ha escuchado de algo vivo que venga a saltar directo en tus fauces?”.

El lobo pensó y pensó. Y no tuvo más remedio que ir a presentarse ante Dios, a quién le dijo entonces: “¡Oh Dios, Todopoderoso!, Dame algo de comer, o si no, pereceré por tanta hambre”.

Dios le dijo: “¡Que comelón eres tu!¿A quién se le ocurre que la comida salte por si misma entre tu boca?. Bien, ¿Qué te puedo decir?. Ve al camino, ahi a un hombre se le ha perdido un gran trozo de salo. No correrá a ningún lado, que sea tuyo.”

El lobo lo escuchó y fue directamente al camino, en donde, efectivamente, encontró un enorme trozo de salo. Pero estaba muy salado, y entonces pensó: “Muy bien, me lo comeré. Pero antes iré a buscar un buen trago de agua, o si no…”.

Entonces fue a un arroyo a beber y, mientras eso hacía, el hombre extrañó su salo perdido y fue a buscarlo. Lo encontró en la mitad del camino, lo recogió y se lo llevó.

El lobo regresó. El salo se había ido.

Entonces se sentó a lamentarse: “¿Seré un tonto? ¿Seré un loco? ¿Quien en este mundo va a beber antes de comer?”.

El lobo pensó y pensó. Y no tuvo más remedio que ir a presentarse ante Dios, a quién le dijo entonces: “¡Oh Dios, Todopoderoso!, ¡El más misericordioso!, Dame algo de comer, aunque sea un poquito, o si no, no viviré mucho tiempo más”.

-“Ya estoy hasta el copete con tu hambre”, le dijo Dios, “¿Que más puedo hacer contigo?. Ve no lejos de la aldea, allí hay un cerdo comiendo; lo puedes comer.”

-“¡Buena salud, señor cerdo!”.

-“Buena salud”.

-“Dios me dijo que me lo comeré a Usted”.

-“¿Y que clase de criatura eres tu que vas a comerme?”, le respondió el cerdo.

– “¡Un lobo!”, respondió.

– “No. Tu estás mintiendo. ¡Tu eres un perro!”.

-“Creame”, le respondió, “¡Soy un lobo!”.

-“Y que pasa ahora “, contestó el cerdo, “¿No hay nada mejor para los lobos hoy en día?”

-“¡Nada de nada!”.

-“Ya que no hay nada”, le dijo el porcino,, “súbete sobre mi lomo. Te llevaré a la aldea. En mi aldea están ahora reclutando a todo tipo de oficiales; tal vez te contraten, y entonces tendrás todo lo que quieras comer.”

-“¡Asi sea…Llévame!”.

El lobo entonces se montó sobre el lomo del cerdo, que se dirigió a la aldea. Poco antes de llegar al poblado, el cerdo comenzó a chillar a todo pulmón, lo que asustó al lobo y le preguntó: “¿Que te pasa?, ¿Porqué gritas asi?”.

-“Estoy llamando a los aldeanos”, dijo el cerdo, “¡Asi se apuran a contratarte y puedes comer más rápido!”.

Pero la gente salió de sus casas con atizadores, horcas de horno, palas y cualquier cosa que tuviesen a mano. El lobo, asustado y sin aliento de terror, susurró al cerdo: “¿Porqué corren tantas personas?”.

-“Porque vienen por ti.”, dijo el cerdo.

La gente lo comenzó a pinchar, golpear y atizar, a tal punto que perdió todo afán por el cerdo. Apenas salió vivo de ésta.

Y de nuevo fue directo ante Dios, y le dijo: “Dios, ¡Magnificencia, el Misericordioso! Dame algo de comer, aunque sea unas migajas, o caeré por tanta hambre que tengo.”

– “Allá abajo camina un sastre”, le dijo Dios.”Simplemente cáele encima, y haz lo mejor con él “.

-“¡Buena salud, señor sastre!”.

-“Buena salud”.

-“Dios me dijo que me lo comeré a Usted”.

-“¿Y que clase de criatura eres tu que vas a comerme?”, le respondió el sastre.

– “¡Un lobo!”, respondió.

– “No. Tu estás mintiendo. ¡Tu eres un perro!”.

-“Creame”, le respondió, “¡Soy un lobo!”.

– “¡Pero qué pequeño eres!”, le dijo el sastre, “Ven aquí, te tomaré medidas”.

El sastre tomó la cola de lobo en su mano, y comenzó a tomarle medidas: “Largo: ¡arshin!”, gritó, halandole la cola, “ancho: ¡Arshin!”.

El lobo sabía totalmente que la palabra “Arshin” es una medida que utilizan los sastres, por lo que permaneció aguantando la respiración lo mejor que pudo mientras el sastre le tomaba las medidas.

El hombre continuó midiéndolo y halándole la cola hasta que ésta se le desprendió, quedando en la mano del sastre. Entonces el lobo corrió de dolor, pero esta vez no fue con Dios, sino con otros lobos.

– “¡Lobos!,¡Hermanos!, ¡Que gran calamidad!”.

Todos los lobos salieron corriendo en busca del sastre. Éste los vio y, ¡Problemas! ¿Que hacer ahora?. Frente a él vio un árbol. De un brinco se subió hasta la punta. Los lobos rodearon el árbol y, saltando, mordían el aire intentando agarrar al sastre.

Pero el lobo pensó un mejor plan, y les dijo: “Lobos, amigos. Así no lo alcanzaremos. Mejor subíos en mi lomo, uno por uno, y hacemos una torre que será tan alta y lograremos atrapar al vil sastre”.

Eso hicieron. Subieron uno sobre el otro, ¡qué escalera hicieron!. Entonces el lobo de hasta arriba dijo: “¡Baja de allí, vil sastre!¡Ya te tenemos!¡Ahora te vamos a comer!”.

– “Ah, queridos amigos lobos, ¡tened piedad de mi!, ¡No me comáis!”.

– “¡No!” Dijo el lobo de hasta arriba, “¡No hay manera!¡Baja ya!”.

– “Bien, espera un poco”, dijo el sastre, “Solamente déjame oler por última vez mi tabaco. Si mi alma va a ir al cielo, quiero que vaya feliz”.

Entonces olió el tabaco: “¡HAAACHIS!” , estornudó.

Pero el lobo de hasta abajo, el que no tenía cola, escuchó que el sastre decía “Arshin” y, por el miedo, se le debilitaron las patas, y toda la torre de lobos cayó. ¡Que desastre!. El lobo de abajo salió gritando de allí aterrado, y todos sus hermanos tras él.

El sastre bajó del árbol y agradeció a Dios: “¡Gracias, Dios!. ¡Gracias por no permitir que un alma cristiana cayera ante semejantes bestias!”.

Y fue con seguridad a casa, con su esposa e hijos, y todos comieron Varenyky.

Nota: 1 arshin – Арши́н es una medida de longitud. El nombre viene del turco y ssignifica “brazo”. La medida fue utilizada durante la época de la Rus de Kyiv, y equivalía a 68.58 cm; luego, durante el siglo XVIII tenía 71.12 cm. En general es la medida de un brazo.

Fuente: el cuento en ucraniano